Gracias a la instauración de un «pacto intergeneracional».

Por Eduardo Roberman
La ciudad de Bahía Blanca, en la provincia de Buenos Aires, consiguió reducir hasta mínimos históricos la violencia conyugal. La clave está en el Pacto Intergeneracional, que cada varón bahiense, al cumplir los 16 años, firma en las oficinas del Registro Civil. El Cuadrúpedo Incesante dialogó con un alto representante de la comunidad bahiense, quien dio testimonio de la eficacia y solidez del Pacto.
–El Pacto compromete al varón a no ejercer jamás la violencia sobre ninguna mujer durante el resto de su vida –precisó Eduardo Alberto Mallea, vicepresidente de la Cámara de Comercio de Bahía Blanca–, con una sola excepción: se compromete a castigar físicamente a su madre, en forma sistemática y habitual, a partir del día en que ella cumpla 70 años.

–Pero este pacto, lejos de eliminar la violencia conyugal, la ejecuta en forma diferida y por la interpósita persona del hijo –observó El Cuadrúpedo—; sólo traslada la violencia desde la juventud a la vejez de la mujer, cuando ella estará en peores condiciones físicas para soportarla, además de legitimar una práctica tan reprobable como lo es pegarle a la madre.
–Los bahienses respondemos fácilmente a estas objeciones –contestó Mallea–. Explicamos que la intervención del municipio puso límite a un factor que está en el corazón de la violencia familiar: la acción impulsiva, el relámpago de ira. El Pacto, mediante el diferimiento generacional, suprime los peligros del impulso. Así la violencia, retirada del control de los individuos aislados, se descarga en forma regulada, en el marco del mandato comunitario. El castigo a la madre anciana, aunque a veces sea duro, queda usualmente limitado por la ternura inherente al vínculo maternofilial, y, desde luego, las madres que fallecen antes de cumplir 70 años quedan totalmente libres de castigo.
–¿Este dispositivo social ha sido documentado por estudios independientes?
–Desde que se estableció, a mediados de la década de 1930, nuestro Pacto Intergeneracional llamó la atención de los investigadores. El trabajo más reciente fue publicado en 2024 («El Pacto bahiense como ejemplo de ingeniería social», por B. Svoboda y H. Muguerza (Revista de la Facultad de Ingeniería de la UBA, Nº 12).
–¿Qué dificultades suelen presentarse para el cumplimiento del Pacto?
–El mayor riesgo es que el castigo se ejecute sin pasión –contestó Mallea–; que, al ser una obligación más entre las que impone la Municipalidad, no se realice plenamente o incluso se soslaye. Ya en la tercera generación de firmantes, el cumplimiento se había debilitado hasta el punto de reducirse a un acto simbólico en el que la madre, al cumplir los 70 años, recibía de su hijo una bofetada ceremonial. Correlativamente se verificaba una reactivación de la violencia conyugal, alentada también por las madres ancianas al intuir que la agresión, si no recaía sobre las nueras, se volcaría nuevamente sobre ellas.
–¿Cómo se enfrentan estas situaciones?
–Las autoridades comprendieron a tiempo que, para consolidar el Pacto, era necesario anclarlo en la experiencia más íntima y perdurable de cada hombre: la violencia que su madre ejerció sobre él en la primera infancia. Los bahienses desafíamos la idealización de la niñez. En las clases de educación para la no violencia que se imparten en las escuelas, se insta a niños y adolescentes a rememorar el primer acto de violencia ejercido por su madre, y todos se estremecen al recordar. No sólo los golpes: una mirada de rechazo, un gesto puede resultar, sobre el infante desvalido, más violento que una cachetada. Esta concientización, al liberar el odio retenido desde la primerísima edad, pone a disposición del Pacto las bases pulsionales necesarias para su cumplimiento efectivo.
–Pero, desde el lado de la mamá, ¿la perspectiva de que su bebé la molerá a palos cuando sea vieja no afecta su relación con él?
–Más bien funciona como un factor de regulación del vínculo: la agresión materna sobre el niño queda limitada por el temor a la retaliación que él podrá ejercer cuando ella cumpla 70; al mismo tiempo, el rencor anticipado de la madre por el dolor que su hijo le infligirá cuando sea vieja garantiza la violencia generadora del resentimiento que alimentará, cuando llegue el día, el castigo filial.
–Usted describe un sistema autorregulado que parece difícil de llevar a la realidad…
–Mi descripción es válida en el nivel de la comunidad. Claro que en cada vínculo en particular no hay homeostasis y muchos hijos que han sido duramente castigados en la infancia resultan ser benévolos con sus madres ancianas, así como otros que recibieron el mejor trato infantil lo retribuyen mal. Pero esto pasa también en el resto del país.
–¿Qué sucede cuando una madre tiene varios hijos varones? ¿Se multiplica el castigo?
–En las familias con varios hijos varones, todos deben firmar el Pacto pero del castigo sólo se encargará uno, usualmente el primogénito. Se temió que esto pudiera debilitar los efectos del Pacto para los hermanos menores pero no ha sido así: al contrario, alientan y acompañan al mayor en una situación emocional tan difícil como lo es castigar a la propia madre. Si el mayor fallece o está impedido por algún motivo, los siguientes hermanos se hacen cargo de la ejecución del Pacto.
–Por último, ¿qué destacaría de su experiencia personal?
–Mi caso no es muy diferente de la mayoría. Cuando mi mujer cumplió 70 años, mi hijo se presentó con una vara de castigo, y vuelve todas las semanas. Yo discierno en él la disposición de cumplir a conciencia las obligaciones que emanan del Pacto, sin perjuicio de su actitud amigable, a la vez que respetuosa, con la madre y conmigo. Cuando él se va, yo le hago a mi mujer las curaciones. Tiene las nalgas frágiles pero soy cuidadoso; gracias a mi dedicación, los daños del castigo se subsumen en los naturales deterioros de la edad. Y el contacto con su cuerpo golpeado revive una pasión que ella y yo habíamos perdido. Navego por su piel como un barquito entre arrecifes dolorosos. En la intimidad de las heridas capto sus ritmos profundos. Los primeros días temí serle molesto pero no, ella me llama, su cuerpo se alza y sus ojos brillan al mirarme.