«El masoquismo es un artículo más en el supermercado del sexo»

Entrevista a Rodrigo Vázquez Gabaldón

Rodrigo Vázquez Gabaldón, referente masoquista y profesor en la Universidad de Valencia.

Un reportaje de Sándor Palumbo

Un grupo de aficionados al goce sexual procedente del dolor físico y la humillación (aunque ellos se niegan a ser titulados como masoquistas) se manifestó contra el uso de la «palabra de seguridad», a la que se apela en estas relaciones para señalar un límite más allá del cual la persona no acepta ser castigada. El cuadrúpedo incesante entrevistó a su principal referente, profesor Rodrigo Vázquez Gabaldón, quien denunció al establishment de los sex-shops y de los sitios de Internet, que habrían reducido el masoquismo a ser «un artículo más en el supermercado de lo sexual». 

–¿Podría explicar en qué consiste la palabra de seguridad y por qué ustedes la rechazan? 

–La palabra de seguridad, cualquiera sea que se elija, es el equivalente a un «¡Basta!»: cuando el esclavo profiere esa palabra, previamente acordada, el amo interrumpe el castigo. La palabra de seguridad desbarata instantáneamente la escena del castigo al supeditarla a un contrato entre iguales, de apariencia transparente –contestó Vázquez Gabaldón, profesor titular en la Universitat Politècnica de València (UPV).

–¿No es conveniente la palabra de seguridad como precaución para una práctica que podría tornarse riesgosa?

–Mi práctica es y debe ser riesgosa. La instauración de la palabra de seguridad, aun cuando nunca llegara a ser pronunciada, afecta la esencia de la vocación masoquista –contestó Vázquez Gabaldón–. Esa palabra convenida otorga poder al esclavo, que como tal debería estar desprovisto de todo poder. Mi goce sexual se funda en una exquisita incertidumbre: hasta dónde será capaz de llegar el amo a cuya merced estoy. Si se interpone una palabra de seguridad, si el amo se limita ante una ley, me convierto en el amo de mi amo, en un falso esclavo. Y así todos los actos del amo y del esclavo, por más parafernalia de sex-shop que se les agregue, se convierten en una farsa, una pantomima inútil y se pierde mi verdadero goce masoquista, que requiere la incertidumbre existencial del esclavo. 

Vázquez Gabaldón, en conferencia de prensa a su llegada a la Argentina.

–En su artículo «La palabra de seguridad como significante clave para la mercadotecnia del goce» («The Safe Word as a Key Signifier for the Marketing of Enjoyment», publicado en Journal of Business Ethics), usted criticó fuertemente a los sitios reconocidos de BDSM (Bondage-Discipline, Dominance-Submission and Sadomasochism) y a otras instituciones del sadomasoquismo.

–Permítame una aclaración: no acepto el término compuesto «sadomasoquismo» –advirtió Vázquez Gabaldón–. La idea de fusionar sadismo y masoquismo, como si pudieran ser intercambiables, forma parte de ese marketing institucional. 

–¿No se supone que el masoquista es el partenaire del sádico? 

–Es una suposición errónea. La idea de una pareja sádico-masoquista restituye la ilusión de una armonía preestablecida, una complementariedad donde el placer de uno se engarza en el placer del otro. Pero no es así. Un amo sádico, lejos de complacerse en el masoquismo de su esclavo, procura quebrar esa voluntad de sufrir, haciéndole padecer de modo tal que sobrepase y desbarate el relato masoquista. O bien: un esclavo masoquista se entrega a un amo o ama cuya voluntad de imperar sobre él es inexistente o imperceptible al principio; la degradación progresiva del esclavo tiene como condición y consecuencia que la voluntad de dominio se desarrolle en el ama, quizá paulatinamente y aun sin que ella misma lo sepa o lo reconozca. Esto, antes que el látigo que pueda enarbolar, la vuelve irresistible, invulnerable.

–¿Y en qué se centra su crítica a la institucionalización del sadismo y el masoquismo en la sociedad?

–En el orden institucional, el término «sadomasoquismo» y la sigla BDSM se han convertido en apelativos comerciales y constituyen una de las principales categorías en las que los sex-shops distribuyen sus productos. Esta categoría abarca también películas de pretendido contenido masoquista como Cincuenta sombras de Grey, y se ha extendido, bajo la protección de la safe word, hacia una total tergiversación de nuestras prácticas. Hoy tenemos aficionados al masoquismo como hay aficionados a la jardinería. Pero esto tiene como contrapartida la adecuación a la subjetividad del capitalismo de mercado, expresada en la aceptación de los engañosos «pactos entre iguales» que distinguen a la sociedad burguesa.

–Usted es referencia de un conjunto, un grupo unido por el rechazo a la palabra de seguridad. ¿Están agrupándose los masoquistas? ¿Tienden a organizarse, quizás incluso políticamente?

–No hay que caer en las trampas del lenguaje –subrayó el destacado masoquista–: cuando usted dice «un grupo unido por el rechazo» está postulando que una coincidencia, el rechazo a la palabra de seguridad, da nacimiento a un grupo, genera un lazo social. Sin embargo los masoquistas, por la naturaleza misma de nuestra experiencia, rechazamos todo lazo entre pares. Los sádicos sí, ellos se unen fácilmente, forman grupos, comparten la víctima. Pero el masoquista está solo ante su amo. 

–¿No puede suceder que un grupo de masoquistas siga a un líder sádico?

–No. Suponer eso es confundir el masoquismo con la cobardía, lo cual es paralelo a confundir el sadismo con la crueldad. Los cobardes suelen unirse, impulsados por su propia cobardía, y adherir a líderes que suelen ser crueles. Yo, masoquista, no soy cobarde, como lo estoy mostrando al renunciar a la palabra de seguridad aceptando los riesgos que ello implica. 

–¿Se está extendiendo el masoquismo en Occidente? 

–No es fácil saberlo. Lo que se ha extendido demasiado es el uso del término «masoquismo»: muchas personas que en su vida repiten comportamientos que terminan dañándolas o haciéndolas sufrir, son llamadas o se llaman a sí mismas masoquistas, siendo que esas conductas pueden responder a factores psicológicos o existenciales muy diversos. 

–¿Cómo ve el futuro del masoquismo? ¿Usted es optimista al respecto?

–No sé cómo será ese futuro pero sé que sorprenderá. El auténtico masoquismo siempre sorprende. Su esencia misma es sorprendente: ¿cómo puede ser que el dolor, esa señal que desde la biología nos urge al rechazo, sea requerido para el goce? Sólo desde fines del siglo XIX existe una palabra para nombrarlo, y ha sido tan distorsionada que apenas designa ya la experiencia a la que se refiere. El masoquismo nunca termina de entenderse, de captarse, de realizarse, como hubiera dicho (Jean-Paul) Sartre. El recurso a la safe word es un indicio más de esta incomprensión. Y, en nuestro siglo XXI, el masoquismo ha pasado a ser un artículo más en el supermercado de lo sexual.