
Por Pedro Lipcovich
Desde los orígenes del oficio, que se remontan a la antigua Sumeria, los peluqueros son afectados por un oscuro trastorno profesional, que suele llamarse Síndrome del Peluquero Enloquecido (Barber’s Professional Disorder). Informes reservados estiman que el BPD aqueja, en algún momento de su carrera, al 92 por ciento de los barberos.
Ya en las escuelas de formación profesional, el alumno sufre una especie de vértigo cuando por primera vez se encuentra, de pie y armado con navaja y con tijeras, ante un ser humano inerme, sentado con un amplio delantal que parecería dispuesto para recibir la sangre de la decapitación. Pero ese momento de horror da paso a la responsabilidad; el futuro peluquero sabe que, como a otros pocos –policías, cirujanos–, la sociedad va a conferirle un poder que él sabrá controlar.
El BPD suele presentarse cuando el peluquero tiene entre 8 y 12 años de ejercicio profesional. Los primeros años han sido de consolidación en las técnicas del oficio y en las buenas prácticas del trato al cliente, tan importantes como aquellas. Si el peluquero logra instalarse por su cuenta, aspiración prevalente en la profesión, deberá también familiarizarse con cuestiones comerciales y tributarias. Durante estos años de iniciación, el joven peluquero usualmente mantiene un estricto control y autovigilancia sobre su acto profesional.
Después vienen los mejores años: el peluquero domina plenamente su oficio y se ha forjado una clientela que le es fiel. Muchos de sus clientes son ya sus amigos, porque el oficio brinda eso, la charla, el encuentro, aun la confidencia.. Al mismo tiempo, el peluquero ha organizado su vida personal: se casó, tiene hijos que se acercan ya a la adolescencia. Entonces, él empieza a sentir un malestar.
No sabe qué es, no sabe por qué. Todo parece estar bien, pero hay un desasosiego. Es algo difícil de compartir. Trata de contárselo a su mujer, pero ella se inquieta, quizá piensa que él se aburrió del matrimonio, ella no entiende, cómo podría entender, y él vuelve a callar. Con los amigos, que suelen ser también clientes, tampoco se puede hablar mucho de este tema. A los colegas, teme confesarles una desazón que, cree, sólo él padece. Hasta que un día, una tarde, la mano del peluquero se va como guiada por sí misma con la navaja contra la yugular del cliente. O quizá la tijera, abierta en el ángulo justo, se hunde en los ojos de la víctima mientras, alrededor, todo es espanto.
La Asociación de Peluqueros interviene de inmediato. Discretamente se retira el cadáver, se compensa a los deudos con generosidad, se paga también a los testigos y, llegado el caso, a los funcionarios policiales y judiciales y a la prensa: si uno solo de los crímenes se hiciera público, destruiría la confianza en la profesión.
El peluquero enloquecido es retirado, albergado y atendido en una de las clínicas que la Asociación dedica exclusivamente al BPD. El tratamiento básico es el reposo, que suele prolongarse durante muchos meses. La Asociación se hace cargo del lucro cesante y de la protección de la familia. Las visitas familiares deben ser breves y espaciadas, primero, y poco a poco se van haciendo más frecuentes. Pasados unos meses, el peluquero se ha repuesto y puede volver a su trabajo. Nunca se producen recaídas.
Los peluqueros no hablamos de esto pero tarde o temprano lo sabemos, aunque más no fuera por las elevadas cuotas que, bajo el rubro Servicios de Urgencia, pagamos a la obra social de la Asociación.
Yo, como todos, tenía un 92 por ciento de probabilidades de ser afectado. Y, a medida que pasaban los años, mi temor al ataque imprevisto se agudizó y se afinó: yo era un peluquero de barrio y mis clientes, salvo algún ocasional, eran conocidos, vecinos, amigos. Cada vez que atendía a cualquiera de ellos, o que nos cruzábamos en la calle, yo sentía el horror de que él podría ser mi víctima.

Una mañana, cuando yo recién había abierto la puerta del local, entró un cliente nuevo. Un desconocido. Traía un maletín, debía ser vendedor o visitador médico, no era del barrio. Una voz dentro de mí dijo que, ya que tenía que ser, mejor que fuese ahora y sobre un extraño. Lo invité a sentarse en mi sillón. Le puse el amplio delantal, Por un momento pensé en la tijera pero tomé la navaja. Él como si hubiera adivinado se retrajo y, entonces, me lancé sobre su cuello.
No sé cómo lo supieron pero a los pocos minutos llegaron dos ambulancias de la obra social de la Asociación. Una trasladó el cadáver y en la otra, en una camilla, viajé yo. Desde el primer momento me sentí cuidado y comprendido. Estuve seis meses internado. Los médicos le explicaron a mi familia que yo había sufrido una descompensación. Evolucioné muy bien. Y los clientes esperaron mi regreso. Algunos habían dejado de cortarse el pelo durante mi ausencia y los primeros días de trabajo fueron intensos. Todos habían vuelto, todos estaban, yo los había salvado de mí mismo.
–Pero los peluqueros, vos, yo, también necesitamos que un peluquero nos corte el pelo. ¿Nunca a ninguno lo mató un colega enloquecido? –dice Pablo mientras me pone el amplio delantal. Él no ha tenido el BPD, quizá sea de esos pocos que no enferman. Somos amigos desde que nos conocimos en la escuela de peluquería. Pablo era un alumno destacado, aunque no ha tenido mucho éxito en la profesión; tal vez por un cierto tono petulante suyo, que lo perjudica en la relación con los clientes. No tiene local propio y trabaja a porcentaje en una peluquería del centro. Desde hace muchos años, me corta el pelo a mí y yo a él.
Le contesto que ningún peluquero le haría eso a otro peluquero: por de pronto, es improbable que la eclosión del BPD se produzca precisamente cuando el peluquero está atendiendo a un colega; atendemos a decenas de clientes cada día, pero, a un colega, sólo de vez en cuando.
–Sin embargo no es improbable que, a lo largo de los años, sucediera por lo menos una vez. La razón es otra –asegura, pedante, mientras me acomoda el pelo con el peine antes de cortar.
Sin perder la calma le recuerdo lo que aprendimos en nuestra escuela: la corporación de los peluqueros hunde sus raíces en los orígenes de la civilización, y la existencia misma del oficio señala un rasgo distintivamente humano; hay animales que se lamen entre sí, que se acarician o se despiojan pero ningún animal le cortaría el pelo a otro por razones estéticas, aunque algunos con sus dientes afilados podrían hacerlo. Y por algo cada uno de nosotros se acercó a este oficio: él, Pablo, antes de entrar en la Escuela, ¿no sentía el llamado, la vocación?
No contesta mi pregunta, parece incómodo. Se rehace, vuelve a su tema odioso:
–Cuando la víctima del BPD es un colega –dice–, la situación no varía: hay un peluquero y una víctima, no importa si la víctima es a su vez peluquero; la Asociación interviene, hace lo que tiene que hacer y las circunstancias de la muerte quedan ocultas para su familia, sus amigos y sus colegas, que en este caso son peluqueros.
Yo no le contesto. En silencio me digo que que lo que dice Pablo es mentira. Él tampoco agrega nada, sólo escucho los chasquidos de la tijera al cortar. Es mentira. Cesa la tijera. Pablo vuelve con el espejo de mano. Me muestra mis sienes y mi nuca. Yo asiento, como cada vez. Pablo deja el espejo y toma la navaja para el toque final.