Un arrepentido de la Industria del Juicio se confiesa

Reportaje exclusivo de Jean-François du Vesré
«En el fondo, lo que buscaba era robarle a mi empleador», reveló a El Cuadrúpedo Incesante un empleado que, luego de haber arruinado a varios empleadores, encontró en sí mismo la fuerza moral necesaria para abandonar la industria del juicio. Cada vez son más los empleados que se arrepienten de los abusos que han cometido contra sus empleadores, preparando así el camino para una reforma laboral que ponga fin a este accionar.
–¿Cómo empezó su carrera en la denominada «industria del juicio»? –preguntó El Cuadrúpedo Incesante.
–Mi primer empleo fue en una fábrica metalúrgica –contó Federico Engels, ex empleado–. Aunque yo no tenía experiencia, mi empleador confió en mí para el manejo de máquinas muy valiosas. Pero yo era un irresponsable. Me distraía, pensaba en otra cosa y, en el fondo, buscaba la manera de robarle a mi empleador. Una tarde, la prensa hidráulica que manejaba me aplastó un poquito la mano derecha y hubo que detener la línea de producción por el resto del día. En el hospital donde me internaron apareció un abogado, me dijo que podía ganar mucha plata y yo me dejé tentar.
–¿Qué sintió al hacerle juicio al empleador que le había brindado trabajo?
–Sentí un poco de culpa pero en seguida se me pasó. Y lo peor es que mentí. Porque yo soy zurdo, en el sentido físico de la palabra, y la pérdida de la mano derecha no me perjudicaba tanto pero, por indicación del abogado, le dije al juez que era diestro. Además el abogado me enseñó a fingir que el accidente me había afectado mucho. A mí me gustaba hacer chistes con lo de la mano, por ejemplo que ahora prefiero las calles de mano única y esas cosas, pero él me insistió para que en las audiencias aparentara estar triste y deprimido.

–¿Logró engañar a la Justicia?
–El juez era cómplice. Y así al empleador le sacamos un montón de plata. El juicio duró varios años pero el juez, para perjudicar al empleador, lo obligó a actualizar la indemnización. Esos años fueron duros también para mí: me junté con otro manco para cartonear y entre los dos empujábamos el carrito pero, claro, así la ganancia baja a la mitad. Al final, con la plata que le saqué al empleador pude pagar casi todas las deudas, y me alquilé una piecita lindísima. Podía haberme quedado tranquilo con eso pero, cuando uno entra en la industria del juicio, es difícil salir.
–¿Reincidió?
–Sí. Pese a mis antecedentes, otro empleador me brindó trabajo, esta vez en tareas de limpieza. Como había conservado la mano izquierda y ya le dije que soy zurdo, en el sentido físico de la palabra, me arreglaba bastante bien. El problema es que no usaba las zapatillas adecuadas. En vez de ir al trabajo con las mejores, las reservaba para salir el fin de semana, y para trabajar usaba las zapatillas viejas, que tenían la suela muy gastada. Un día, baldeando la escalera, me resbalé en el piso enjabonado; traté de agarrarme de la baranda con la mano derecha pero, claro, no podía, así que rodé hasta abajo. Fue un golpe muy fuerte para el empleador porque, como me quedó un problemita en la columna, aproveché para hacerle juicio.
–¿Obtuvo mucho dinero con ese segundo juicio?
–La verdad que sí. Como ya tenía experiencia en la industria del juicio, yo mismo le dije al abogado que mintiéramos con lo de las zapatillas. Cuando gané el juicio pude comprarme una silla de ruedas lindísima con un motorcito eléctrico. La disfruté mucho. Después con la crisis tuve que venderla y me compré la que tengo ahora, que es de segunda mano pero bastante buena.
–¿Su accionar se detuvo ahí?
–No. Apareció otro empleador, un idealista, de esos que contratan gente aunque no haga falta. Me brindó trabajo en un servicio de atención telefónica: ahí no necesitaba caminar y me arreglaba con una sola mano, porque, como le dije, soy zurdo, en el sentido físico de la palabra.
–¿Y tuvo otro accidente?
–¿Presidente?
–No: ¡accidente!
–Ah, no. Lo que pasó es que, con esos auriculares que usábamos para atender las llamadas, me empecé a quedar sordo. A los demás empleados les pasaba lo mismo pero eran gente de bien y querían conservar el trabajo. Yo, en cambio, otra vez fui a buscar un abogado. Pero esta vez fue distinto.
–¿Perdió el juicio?
–No. Desistí. Cuando estaba por firmar me tembló la mano; ya le dije que soy zurdo, en el sentido físico de la palabra, y nunca me había pasado una cosa así. Pero sentí que, esta vez, ya no podía. No sólo por los empleadores sino por todos los empleados, ya que ningún empleador, después de haber sido abusado, está dispuesto a brindar trabajo nuevamente.
–¿Qué mensaje tiene para las nuevas generaciones de empleados?
–La juventud empleada tiene que tomar conciencia del daño que puede causar. Pronto van a cambiar las leyes laborales y los empleadores van a estar protegidos de nosotros, pero eso no va a ser suficiente: cada empleado debe ser consciente del dolor que causan sus distracciones y su pereza, aunque el empleador lo disimule. Distracción y pereza son los primeros tramos en el camino que desemboca en la industria del juicio. Hoy los jóvenes prefieren el trabajo en plataformas digitales y yo lo entiendo, pero nada puede reemplazar la realización personal del empleado cuando vislumbra, en los ojos del empleador que le ha brindado trabajo, el brillo de la felicidad.