
Por Pedro Lipcovich
Mi primer trabajo fue en una escribanía. Consistía en alimentar y cuidar a una joven que utilizaban los escribanos. Los anteriores cuidadores trabajaban a tiempo parcial, el último había sido un jubilado cuya preocupación excluyente era su esposa, que padecía una enfermedad neurodegenerativa; de la joven se ocupaba poco y mal, y finalmente los escribanos, dándose cuenta de que Margarita se deterioraba día a día, decidieron prescindir de él y contratar un empleado a tiempo completo, que fui yo. Me anticiparon que, cuando Margarita mejorara, se me agregarían unas tareas de cadetería y quizá con el tiempo podría colaborar en la oficina y desempeñarme como idóneo.
Margarita estaba alojada en una habitación del subsuelo, detrás de los archivos y junto a un pequeño cuarto de baño. Recuerdo la primera vez que fui. Uno de los escribanos me condujo a través de los archivos en penumbras y, con una llave de su llavero, abrió la puerta de la habitación. Margarita estaba doblada sobre la cama contra la pared. Cuando el escribano la llamó, la joven se volvió penosamente. Él le dijo que yo me iba a encargar de ella, saludó brevemente y se retiró. Al quedar solos Margarita se retrajo más, se aplastaba contra la pared como si yo fuese a hacerle daño: alguno de sus previos cuidadores la había tratado mal, pensé, y me prometí tener paciencia hasta que ella pudiera confiar en mí.
Cuando le pregunté qué quería comer, ella se sorprendió, sin duda pensó que yo me burlaba pero insistí, los escribanos tenían cuenta corriente en el restaurante de la esquina y ella, Margarita, tenía derecho a comer algo rico y nutritivo. Todavía incrédula, con voz de niña pidió una milanesa con papas fritas.
Al día siguiente, le pedí que me dijera cuáles eran sus principales inquietudes o preocupaciones con respecto a su situación en la escribanía. Otra vez incredulidad y, luego, por largo rato con los ojos bajos repitió que estaba conforme con todo, pero yo no cedía y, luego de un silencio que tal vez duró un minuto, ella pidió:
–Una ducha.– Ella querría tener una ducha y, con exquisita vergüenza, me explicó lo difícil que se le hacía higienizarse en el lavatorio del pequeño cuarto de baño. Tal vez yo podía pedir que pusieran una ducha. Sin vacilar contesté que sí. La propuesta fue inmediatamente aprobada por los escribanos, y se admiraron de que a nadie se le hubiera ocurrido antes.
Creo que mi amor venía del futuro: del deseo de que, por obra de mis cuidados, ella fuera reviviendo. Pero tuve que luchar mucho. Al principio y como suele suceder, la debilidad de la joven provocaba, en vez de compasión, ensañamiento, en especial por parte de uno de los escribanos. El ensañamiento la debilitaba todavía más, lo cual provocaba todavía más ensañamiento, en una espiral que era necesario romper. Por sugerencia mía, los escribanos le pidieron a su colega lo que, bromeando, llamaron una tregua: él dejaría de ensañarse con la joven durante tres meses, a lo largo de los cuales yo confiaba en que ella podría recuperarse.
Una limitación era que Margarita estaba privada de atención médica, ya que su presencia en la escribanía debía permanecer en reserva –yo mismo, cuando me contrataron, tuve que firmar un acuerdo de confidencialidad–. Les expliqué a los escribanos la necesidad de, por lo menos, contar con un médico en consulta. Ellos lo entendieron y me vincularon con un profesional de su confianza: yo interrogaba a Margarita sobre sus síntomas y molestias y transmitía la información al médico, que escribía la receta más adecuada. No sé si por los medicamentos, por los cuidados o quizá –me ilusionaba– como respuesta a mi amor por ella, Margarita fue mejorando.
Cuanto más mejoraba, más atractiva se volvía y los escribanos se entusiasmaban de tal modo que decidí confrontarlos: si ellos mismos no se ponían límites, Margarita no iba a poder soportarlo y se deterioraría quizá más que antes. Los escribanos fueron comprensivos y, con mi ayuda, fijaron un régimen de cumplimiento estricto: las sesiones prolongadas y con aparataje quedaron reservadas para los días viernes, de modo que Margarita pudiera contar con todo el fin de semana para reponerse. Disponían de la joven en conjunto o en un orden de prioridades que se sorteaba el primer día hábil de cada mes (para fiscalizar los sorteos contrataron a otro escribano, ya que ninguno de ellos, al estar en juego su interés personal, hubiera podido garantizar la ecuanimidad). Por lo demás, los escribanos tenían acceso ad libitum a sesiones rápidas durante toda la semana hábil.
En ese proceso de organización y fijación de límites, que de hecho yo conduje, los escribanos me otorgaron crecientemente su confianza y su respeto. Y ello hubo de ser por el puro valor de mis actos, ya que ninguna razón de fuerza u obediencia los sujetaba a mí.
Así transcurrieron varios meses, hasta que, una mañana, descubrí que ya no sentía lo mismo por Margarita. Como suele suceder, el enamoramiento empezaba a disiparse con el transcurrir del tiempo, y a ella quizá también le pasaba lo mismo. A medida que mi amor desaparecía, dejé de ocuparme de Margarita y ella volvió a empeorar hasta que, ya muy deteriorada, los escribanos decidieron reemplazarla por una nueva joven, que yo me encargo de alimentar y cuidar.